La falta de algo es ausencia. Y cuanta ausencia tenemos nosotros, la gente común y corriente, la gente especial y la gente rodeada de excesos?. Muchas y todas se lanzan en tempestuoso viaje para explotar en la mente y el cuerpo.
Ausencia de éxito, de compañía, de aire.
Siempre tenemos una ausencia. De la tierra y el viento, del agua y del sudor. Ausencia de la esencia es a lo que no queremos llegar y que a veces nos bota al suelo.
El inequívoco engranaje del día a día nos lleva en marea alta al pesar cotidiano que arrebata la belleza.
La música y la comida, el etílico efervescente que crece en el cansancio de aquella rutina que nunca soñamos siquiera tener y que se planta enfrente de nosotros como una muralla inexpurgable. Los espejismos de la infancia y del camino recorrido se mezclan con lo nuevo y nos cae en bandada en el cerebro agotado del pensamiento.
La célula se hace eternal, vieja y con ella lo que creemos y nos lleva vivos al trajinar insolente de cada hora, días con nombre, sueños aplazados y esperanza furtiva asoman en el horizonte.
La ausencia es el servicio bondadoso de los años. Sólo de alguien no estaremos solos jamás: de nosotros mismos.
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